CUANDO EL PLACER ES LA VELOCIDAD
Nadie sabe muy bien por qué el ser humano venera la velocidad. Pero lo cierto es que, desde los tiempos de las cavernas, el hombre busca la forma de ser más rápido en todo lo que hace. Sobre todo, en sus desplazamientos, sea por necesidad o por simple placer.
En los barcos no es diferente, muy por el contrario, el mercado ya ofrece barcos producidos en serie con excelentes desempeños, sean lanchas o veleros.
El problema es que navegar con velocidad guarda algunos riesgos y, por eso mismo, requieren atención, hasta porque la sensación de velocidad en el agua es dos veces más intensa que en el asfalto, con el agravante de que, como se sabe, los barcos no poseen frenos. Lo que hace a un barco disminuir su velocidad es la fricción del casco con el agua, ya que usar los motores para invertir la rotación de las hélices solo puede realizarse cuando el barco ya estuviera casi deteniéndose y los riesgos, consecuentemente, ya son bastante menores. En esta condición y utilizando la reversión de los motores, las lanchas con propulsión de eje y pie de gallina, que paran más rápidamente, recorren el equivalente a la mitad de la longitud del propio casco.

Otros barcos y veleros en general pueden demorar tres veces más tiempo hasta parar totalmente. Sin contar que, cualquiera que sea la embarcación, la distancia para detenerse en aguas agitadas es un 50% mayor, por causa del movimiento de sus propias ondas. Como se ve, en un barco antes de empezar a acelerar es necesario probar cuándo y cómo pararlo.
Aún así, muchos gastan pequeñas fortunas para ser un poco más rápidos con sus barcos. Dependiendo del casco, un simple nudo a más velocidad puede costar el precio de otro barco nuevo. Un kit Supercharger, que duplique la potencia del motor de un jet ski no cuesta menos que un jet original básico. En una lancha de paseo de 22 pies, el cambio de hélice por otra más rápido cuesta aproximadamente un 3 % del precio del barco.
CUANDO DEMASIADA VELOCIDAD NO VALE LA PENA


